27. Juanadolfo (todojunto) Riera


Siendo 25 de mayo, mientras la argentinidad festejaba el bicentenario de cierta revolución que nunca ocurrió, lo que a mí sí se me ocurrió fué celebrar mi pasado colonial. No me culpen, soy hijo de españolísimos padres nunca bajados del todo del barco. 

Algo extraño pasa con mis recuerdos de mi más temprana infancia: me acuerdo de demasiadas cosas. A los cuatro o cinco años mi familia se mudó del lugar en que vivíamos y dejamos de ver a aquella gente, sin embargo recuerdo a muchísimos de ellos, recuerdo los lugares, los olores, colores (incluso sabores) de aquella “Colonia Ricardo Gutiérrez” en la que vivíamos.

Intento describir rápidamente aquello para que Ud. lector no se aburra en detalles: Era un conjunto de hogares de menores (huerfanos o de familias con problemas) en los que vivían, estudiaban y aprendían oficios. Para sostenerlo  había una pequeña aldea con todo lo que necesitaba, un teatro del tamaño y calidad del Cervantes, un polideportivo, panadería, matadero, carnicería, taller de alfarería, usina eléctrica, vivero, iglesia piletas de natación, un arroyo. Los empleados, que eran muchos, tenían sus casas allí y vivían con sus familias integrando la población estable de esta pequeña aldea. Además había campos que se cultivaban, huerta etc.
Por una razón que desconozco, muchos de los empleados eran españoles y habían llegado en el año 1960, mis padres con ellos. Así formábamos una comunidad de padres españoles a la que se iban agregando hijos argentinos como yo.

Recordar el pasado no lo trae hasta aquí, te lleva a él.
Ni la sorpresa de los tostones ni el Nestea venezolanos desviaron el hilo de los recuerdos. El lugar era idílico, vivíamos junto a un bosque cerrado con un “castillo” que en otros tiempos había sido una estancia y un parque con una variedad insólita de plantas y árboles. Los niños jugábamos entre comadrejas, grutas artificiales con fuentes escondidas en la maleza, un colectivo abandonado hacía de refugio, los lagartos se corrían a pocos pasos de llegar a ellos por el sendero, fabricábamos cosas, nos trepábamos a todo y Juanadolfo tenía un lugar ideal para sus excéntricas actividades como pescar tortugas o disparar las armas que él mismo fabricaba.
Anoche hablábamos de eso, de lo que para mí fue una infancia feliz, donde nuestros padres se reunían siempre a jugar a las cartas, cantar canciones de su tierra y coleccionar anécdotas que luego serían la columna vertebral de nuestro folklore familiar.

Menú: Choripanes marcospacenses, ensalada Madalena, Bondiola juanadolfa, papas fritas ringas y Luigi Bosca Merlot 2007, sellado con Arroz con leche colonial y Ella morcilla.

Juanadolfo llegó con Lili, su mujer. Los dos sonrientes y cargados de sorpresas. Los prometidos chorizos marcospacences, pero además un par de vinazos y... un cuchillo de regalo! yo pensé que el creía que yo no tenía en casa y lo trajo para hacer el asado, pero no, era para mí!
Juan, Juana, Juanadolfo, Juan Adolfo, es gracioso aunque no se lo proponga, capaz de contar cómo casi mata a Pepe, su padre, con un artilugio explosivo, o su historia excentrica y creativa. Sus maquetas, sus aviones de aeromodelismo. Lo increíble es que Lili lo aguanta así como es, se ríen de sus locuras.
Claro, a los cuatro años yo no tuve tiempo de desarrollar mi capacidad de hacer tanto lío, fueron mis hermanos quienes casi incendian el bosque y los que construyeron cabañas de chapa, yo me limitaba a coleccionar cicatrices y ver las barbaridades de aquellos salvajes. 

Anoche recordábamos mientras Rodrigo y Marcelo miraban azorados por el relato de aquellas proezas mientras Juanadolfo, Lili y Rodrigo hacían el asadito en el “chulengo” nuevo.
Luego de atiborrarnos de sabores de asado, ensalada, papas fritas vino el postre de Mada: Arroz con leche. Típico sabor de aquellos tiempos. 

Es maravilloso comprobar que aquel Juanadolfo, Mada y todos aquellos que compartimos ese paraiso aún lo llevemos con nosotros. Nuestros padres construyeron una familia grande para ellos y sus hijos, a falta de primos, tíos y abuelos teníamos a los Riera, los Delgado, Parra, Pisonero y muchos más, teníamos gallinero, bosque, amigos, salidas, sabores típicos españoles en medio de un lugar tan raro que no acabaría de describir en cien miércoles.
Ya estamos grandes, algunos ya no están, pero de todos guardamos aquel recuerdo feliz. Que no era de vecinos sino de la gran familia que seguimos siendo.

26. Fede Pérès

Desde el primer día somos viejos amigos. No sabemos como ocurrió. Opinamos bastante parecido de algunas cosas pero lo contrario en otras, eso hace a nuestras conversaciones interminables. Dicen que los animales tienen una percepción especial con las personas. Nina no es una excepción. Ayer, al llegar se puso inmediatamente a jugar con Fede. Se subía a su regazo. Por suerte le gustan mucho las mascotas porque ya me ponía incómodo que mi gata estuviera tanto en el medio.
Federico no quiso cocinar ni que yo lo hiciera, para él era una excelente oportunidad para volver a hacer lo que hacíamos con frecuencia hace unos años.
- Che, ¿que vamos a cocinar?
- Birra.

Con esa respuesta supe que el menú sería de “La Yapa”, la parrilla regenteada por Ringo y que la cerveza correría por cuenta del almacén de Osvaldo. Asado para él, “milanga” para mí.

Federico es de pocas palabras, de esos del comentario breve, de risotada difícil. Pero es cultor apasionado de la buena charla, de bueyes perdidos, de opinión medida. Correcto y respetuoso por fuera, no delata su interior de barrio hasta que entra en confianza o si tiene una guitarra cerca. Extrañamente, nos conocimos en ESPN, nunca nos habíamos cruzado antes aunque él viviera siempre a 50 m de Santa Helena (la parroquia donde iban mis amigos de adolescencia) a metros del anfiteatro en el bulevar de los sueños rotos en Cerviño. Mientras que yo fuí al Colegio San Ambrosio y él al San Martín de Tours compartimos a Amasino, profesor de música, así que a el también le preguntaron con voz potente: - ¡¿Finalidades de la música?!

Viajamos en tren desde el trabajo, allí comenzó nuestra charla y fuimos directo a ver a Nina, Rodri ya estaba ahí con su bicicleta nueva y zapatillas viejas. Estuvimos un rato pero salimos a comprar nuestra cena antes de que todo cerrara.

Mequetrefe enclenque.
“Fede Pérès vende tevé en ESPN. Lee en el verde cesped en vez de entretenerse en pequeñeces. En él, vencer el estrés es tener temple, él es decente, creyente” cosas como estas nos escribíamos hace tiempo, como felicitarnos los cumpleaños con frases con “e” como: Merecés este presente, que festejes (celebres). Cosas que parecen una rareza con Fede son naturales. Como las poses de suricata alpinista que ponía Nina para que él le diera algo de su asado.

Hablamos, nos reímos como Statler y Waldorrf, los viejos del palco de los Muppets. De todo lo que, como nunca, me contaba. In vino veritas (cerveza en este caso) me puso al corriente de los próximos pasos en su vida, su casa nueva a la que se mudará a fin de mes, su perro Muro, las mascotas y su familia, siempre con esa seguridad que siempre muestra en su forma de hablar. Y con ese ánimo me dio una lección de amistad que voy a seguir al pié de la letra. Porque Fede tiene mucho que enseñar sobre lealtad y fraternidad, es amigo de vocación.

Menú: Asado de tira, sandwich de milanesa completo, papas fritas, Warstainer y Ella Fitzgerald.

Noté que ahora hablamos de cosas distintas, antes solíamos alternar temas de navegación (es fanático del mar y las velas), cosas breves de filosofía e historia, de los libros. Incluso llegamos a comprar libros para leerlos los dos (Los reyes malditos y Los reyes católicos). Hablábamos también un poco de política. Poco porque estamos en lugares opuestos pero no muy lejanos de la ideología. Ayer casi no tocamos ninguno de esos temas. Será que ahora los dos estamos con planes y proyectos y preferimos discutirlos, muy diferente a la situación en la que nos conocimos, los dos estabamos "estables" mirando el pasado y el presente. Ayer los dos mirabamos el presente pero proyectando futuros diferentes.

Así que este es Fede, invitado desde el principio, primero no pudo por su agenda, luego porque ya había otros confirmados, después las vacaciones... pero llegó el día y poder cumplir un deseo, como siempre, lo que no devió haberse interrumpido, charlar con un viejo amigo.

25. Atu.

¿Con quién, si no es con ella, podría hablar por horas sobre mi románico gusto arquitectónico? No le contaría ella a sus padres lo que podría contarle a su tiísimo, ni yo hablar como con mi sobrinísima Andrea lo que a la mayoría no le contaría. Es que nos conocimos y supimos que jamás nos entenderíamos pero aceptamos siempre asombrarnos mutuamente.

Tenía un año, ofrecí dibujarle lo que quisiera, “mahman” me dijo. - qué? le pregunte a Ceci. - Batman tío, ¡Batman!. - ah, claro, ya va. Dibujé un Batman gordo y se enojó. Esa pequeñaja rubiecita tenía la mirada de hoy, difícil de sostener, porque no ve, mira, y ni mira, observa. Cuando Atu te mira, no eres visto sino escaneado.

Que le guste el gótico en contexto histórico no es para mi una sorpresa. Que para ella los edificios que juzgo incomprensibles le parezcan góticos si. Por la luz, la abundancia de luz. Qué el ignorante común juzgue lo gótico como oscuro no es novedad, que mi sobrina comparta la opinión de que todos se equivocan sí. La luz del vitral, la magia de las estructuras desnudas, los pesos y las no paredes. Es la segunda vez que hablamos de arquitectura, la segunda vez que puedo blasfemar contra Le Corbusier a gusto, perdonar a Bonnet, y despotricar contra Testa.

Aunque compartíamos la discresión desde siempre, me he puesto más viejo y me permito hablar de mi amor, ella no. No confiesa novio alguno, ni paquistaní siquiera. Hoy el rumbo de sus oportunidades y decisiones la han llevado a Alemania, a la cuna de la Bauhaus, beber de la fuente de grandes maestros, compartir un día a día políglota, con un inglés medio de taxista neoyorquino, aprendiendo polaco, alemán, checo y todo lo que allí puede aprender como la esponja que siempre ha sido. Esa curiosidad y sed es la que siempre nos ha unido.

No es original el que no imita a nadie, sino el que nadie puede imitar.
Profundamente Elordi en la contemplación, en disfrutar el momento con una sonrisa, discreta, en un rincón, disfruta más que el que toca o el que baila. Andrea, bautizada Atu por Micaela, por no saber decir Andru, es mi sobrina de ojos juiciosos, sonrisa indeleble y pensamientos impredecibles.

Comenzamos intentando hacer lo posible con las papas. Un poco desarmadas pero domesticables. Ella las acondicionó de tal manera que parecían papas. Yo inventé una versión de salsa de mayonesa, aceite de oliva y el toque de mostaza que Alé me dijo. Hecho esto y cortados los pepinos, llegó Rodri a saludar. Ahora, a la hora que se duermen los trenes, me di cuenta de lo grandes que están los dos. Maduros y llenos de futuro ambos, una estudiando arquitectura en Alemania, el otro recién inscripto en la universidad para lidiar con la química.

Menú: Salchichas alemanas a la plancha con ensalada alemana de papas, Warstainer y jazz variado.

Ella terminó todo, huevos duros picados incluidos, copas alemanas de cerveza obligados, pepinitos cortados, no más sal que la justa, nada de pimienta, jazz de fondo en honor a su padre, casi todo listo.

Tocaba el turno de las “salchichensen” a la plancha. Ningún misterio más que darlas vuelta y a comer. ¡Qué delicia! No, no, el menú no, las cosas que me contaba mi sobrina. Sobre la Bauhaus, ciudades como Siena, amigos italianos egipcios, polacos checos, rusos, chinos, indios... qué maravilla.

¿Cuánto hay que esperar para que tu sobrinita se transforme en una mujer tan bella por fuera como por dentro? Nada. Pasa. Me pasó anoche. Le pregunté algo a Atu y me respondió una mujer decidida, con planes de trabajo, de universidad, no de estudiante sino de arquitecta. Tiene una visión de las cosas. No estaré de acuerdo sólo para seguir discutiendo la próxima vez, porque nos encanta. ¿Con quién si no es con ella? Discutir sobre Klimt, los defectos visuales de Gauguin, o Monet. ¿Con quién declararme judío gastronómico? Con Atu. Mi sobrinísima adorada.


24. Jesús e Ignacio Sanz (de pura casualidad)


Este martes pasado no hubo cena compartida en casa. Fue el cumpleaños de mi papá, unos 78 añitos que no le borran la sonrisa. Decidí cancelarlo todo por ir a verlo a su casa a la salida del trabajo.
Pero voy a aprovechar y contar aquí lo que ya hice en facebook, una historia de coincidencias:

“Aunque no de martes sino de sábados, aunque el autor es otro Ignacio Sanz, la vida esta llena de casualidades, como que la primera sea Alejandra y que llegara el correo el único día en que estoy en casa por la tarde. Gracias Jesús. Ya eras amigo de la casa y no por casualidad”.

Hay quien no cree en las coincidencias y pasa de ellas hablando de causalidades reemplazantes de las casualidades. Yo no. Creo en ellas. De la misma manera que creo en el mago, me da igual si hace un truco, para mi es magia, me creo el cuento, y como todo cuento necesita un pacto no escrito de credibilidad. Quien no cree en los magos, no debiera llorar en las películas, ni leer novelas. Quien no cree en las casualidades se pierde gran parte de la magia de la vida, no puede soñar, planear, no entiendo tampoco un amor pragmático, sin esa dosis de idealización de magia. Así es como creo en las casualidades, como que la cena 11 fuera de Alé.

Las casualidades no existen, insisten.

Les cuento el cuento con la única condición de que se crean el cuento:
A los que no conocen Flickr les explico que es (era) un sitio de internet, muy parecido a Facebook pero dedicado a la fotografía, para subir fotos, crear álbumes y, sobre todo, compartirlas. Está lleno de aficionados de todo el mundo que desean compartir su trabajo y disfrutan viendo el de los demás. Ahí conocí a Alé y por ella a Jesús, un español, castellano... pero divertido. Así que compartiendo la clarividencia de Jesús, las maravillosas obras de Alé y mis disparates nos fuimos conociendo de a poco.
Cuando Jesús se enteró de mi blog por un cartel que hice, lo leyó entero de un tirón y me escribió emocionado por enterarse de Alé, de mi y reirse de otra locura más de su amigo Nacho. El había recomendado a Alé para un trabajo en Venezuela del que yo estaba bien al tanto, poco después me escribió: ¿me pasas tu dirección postal? me imaginé que sería algo de aquello.
Pasó el tiempo y un viernes ocurrió algo asombroso, unos días antes había estado en el consulado español por mi pasaporte comunitario y coincidiendo con el único dia que estuve en casa por la tarde llegó el correo. Qué raro, pensé, nadie tiene mi dirección nueva. Veo el sobre y... Oh! de España! debe ser algo de la ciudadanía, de elecciones, la constitución, pensé, pero no. Pensar que no lo hubiese recibido si hubiese llegado cualquier otro día y no ese, que estaba en casa esperando el envío de la heladera nueva me llenó de emoción.

Un libro: Las cenas contadas de Ignacio Sanz.

Dentro tenía una nota que decía que para él, Jesús, había sido algo asombroso encontrar ese libro luego de haber leído este blog. Conocía a los editores y fue impreso en su pueblo (no muy grande, por cierto, como la mayoría de los pueblos castellanos).

Ignacio Sanz, escritor y ceramista segoviano, coordina un encuentro literario llamado “La tertulia de los martes”. Sí, yo tampoco podía creer tanta casualidad junta.
Así que con su libro en la mano, empiezo a leer y encuentro a Alejandra, un amor del protagonista. ¿Alejandra? tenía que ser ¿Alejandra Ignacio? ¿no hay Claras, Franciscas o Faviolas en Castilla? Pues bien, Alejandra, y dice que tiene un cuerpo imantado... Perdón tocayo mío, dentro de los miles de adjetivos ¿no había otro? ¿tenía que decir lo primero que le dije a Alé al conocerla? Pues bien, hay otras muchas coincidencias que no contaré, tendrán que leerlo.

Yo creo en las casualidades, las disfruto, sueño, planeo. No importa si no existen, ahora lo que quiero es una mesa como la de la tapa del libro, tres sillas Alé, yo y Jesús contando sus historias, si viene algún día por una de esas casualidades de la vida.

23. Ana Micaela Bellotti (doble ele doble te)

- Micaela.
- No, no me gusta que me digan Micaela.
- OK, Ana Micaela.
- No, ¡peor!
- ¿Y cómo querés que te diga?... ¿Ramona?

Así es como Mica se transformó en Ramona, Ramonita después y Raimunda ahora. Como un juego, en el que yo pasé de Nacho a Ramón, Ramonete y Raimundo. Es que ella adora jugar, no congenia con aquellos que viven la vida como en “El día de la marmota” ceñidos a la rutina y escuchando todos los días la misma canción...  La de arriba fue nuestra primera conversación, extraño. Ella empezaba a trabajar conmigo y había sido elegida por las ganas que demostraba. Porque en ella era mucho más importante lo que podía hacer que lo que ya había hecho. Lo que podía aprender que lo que ya sabía. Y así fue. Hizo y bien, aprendió y pedía mas tareas, cosas que la entusiasmaran, que fueran divertidas, como lo es ella.

La felicidad es naranjita
Tiene una risa que contagia y te hace reír, tanto que además de que provoca hacerla reír todavía más. Por eso de que en las oficinas reirse no es bien visto, porque es tomado como una distracción, nosotros nos cebábamos más. La conocí el 1ro de abril de 2008, uno de los días más difíciles de mi vida, y aún así empezamos a reirnos y no paramos hasta ahora. Se transformó en cómplice de mis historias, le conté sobre mi amor, ese mundo tan original y lleno de códigos, misterios, números, colores, canciones, hojas de árboles y quedó maravillada. Lo primero que me dijo es: ¡Yo no tengo eso! Luego todos los días llegaba y preguntaba: - ¿Cómo está Naranjita? ¿Qué cuenta la cuchi?

Pero sobre todo jugar. Yo hacía todas las tardes la pantomima de un programa de bricolaje reciclado, en el que imitaba a un ceceoso, un poco amanerado, que hacía adornos horrorosos para la casa y nunca reciclaba nada sino que pedía que la audiencia comprara las cosas nuevas. Jugábamos al tejo con mi iPhone y mil otras cosas.

Ahora trabaja a tres cuadras, así que me pasó a buscar por la oficina aprovechando para saludar a sus viejos compañeros, porque Ramonita, Bellota, nunca se fue. Fuimos a un supermercado cuchi y al tren hacia Nuñez. Pero el tren nunca llegó se quedó antes de llegar a la primera estación. Logramos tomarnos un taxi y cuando llegamos recibí el mensaje de Alé que decía: “Taxi” - Oh! Es adivina, dijo Ramonita.

Estamos los dos a dieta: yo por comer más sano, cosas más acordes con mi edad que con mi estado civil y ella por esa maldita manía que tienen las mujeres de cuidarse y embellecerse cuando se separan, quizá con el afán de demostrar cuánto el otro se está perdiendo... Entonces, nada de cervezotas, vinazos, papotas, fideazos ni cosas calóricas. A cambio haríamos pollito, verduritas, honguitos. Quesito light.

Menú: Pechugas en salsa de queso y mostaza con wok de verduras y gírgolas al disco. Nestea de limón y cata Jelly Belly. Con música de Billo´s

Como lo que más hacemos siempre es jugar y contarnos nuestras vidas, eso hicimos también esta vez. Rehogamos las verduras en una avara ración de aceite cortadas en pequeño. Luego ella hizo el pollo aparte e inventó una salsa con queso crema y mostaza “a l´ancienne”. Cuando estaba concentrada en la tarea pude tomarme un minuto para dejar caer su cámara al suelo, así que seguimos con mi teléfono y con el suyo. Pronto estábamos en la mesa con nuestra segunda jarra de Nestea con hielo y reanudamos nuestras charlas de almuerzos que por primera vez se transformaron en cena.

Así que como nuestra charla no empezó hoy sino hace tiempo y como seguramente seguirá es difícil recordar de qué hablamos entre las risas sonoras y contagiosas de Mica. Nuestra cena terminó con el postre: degustacion de Jelly Belly de 20 sabores y a adivinar de qué era cada uno, así nos terminamos la segunda y última jarra de Nestea. Creo que entre los dos acertamos a todo aunque diferimos con los de lima-limón: para mí sabian a Pinoluz y para ella a Procenex. Los de popcorn con manteca eran sólo de manteca para nosotros. Y varios tenían sabor a sabor a algo. El taxi que la pasó a buscar porque no habíamos terminado de calcular qué día estaba entre el 11 de septiembre y el 3 de febrero. Yo esperaba que fuera el 11 de noviembre, pero resultó ser el 8. Que espere el taxista, nosotros no habíamos terminado ni de enviarle mensajes a Alé ni de reirnos ni de criticar a unos cuantos con ironía, a los infelices que no saben jugar o se olvidaron de hacerlo.

Hoy me reía sólo recordando nuestras charlas, nuestro trabajo, juegos y esa cosa tan loca de haber trabajado juntos un solo año y llevar ya dos de amigos, aunque ya no la escuche escribir con esos sonidos de murciélago encerrado, de llaves en el lavarropas, de cucaracha en una caja. que hace con el teclado. Raimunda es una excelente compañera porque no quiere ganarle a nadie, sólo quiere aprender todos los días, superarse, estar bien y cuenta conmigo para eso.


22. Gonzalo Zúñiga

Me recuerda a Marinetti, que en su Manifiesto maquinista declara que “un automóvil de carreras es más bello que la Victoria de Samotracia”. Gonzalo es una máquina de dos tiempos: pasa de enfado silencioso a la risotada sonora sin solución de continuidad. De mirar dibujos animados a un concierto de Limp Bizkit. De dedicarse concentrado en hacer un mueble de madera a hacer lo que más le gusta en la vida: Nada.
Gonzalo no está para sutilezas. Le gustan las cosas francas y simples. Puede aburrirse también, pero no se aburrirá de aburrirse jamás, podría hacerlo por horas y disfrutarlo. No tiene esa urgencia tan moderna de la fobia al silencio, esa necesidad de estar permanentemente haciendo algo, consumiendo algo.

Res, non verba
No hubo luz en mi barrio ayer por la mañana así que no sabía si podríamos hacer nuestra cena. Pero al volver del trabajo lo llamé para confirmarle y a la salida de su ensayo con su banda de rock, vino a casa. Temía que las milanesas que habíamos planeado hacer no quedaran tan buenas como las de su madre pero como no había carne en el supermercado se solucionó todo, las compré rebozadas. Cuando llegó, nos pusimos a freirlas inmediatamente.
Luego hicimos una salsa de tomate sencillísima también, con la siguiente receta de familia: abrimos la lata. A la vez que nos dedicábamos a cuidar unas  papas fritas geniales y en su punto perfecto como sólo en el restaurante de enfrente saben hacer. Dicen que la comida al horno es mas saludable que las cosas fritas, así que pusimos a derretir el queso con el jamón al horno... de microondas.

Gonzalo es un tipo muy afectivo a la vez que reservado. No va a decir con palabras cuanto te quiere, lo dice con la atención con la que escucha, con ofrecerse para hacer cosas. No lo dice, lo demuestra. Por esa razón, todos lo sabemos, pregunta como estás esperando un gran relato, pero cuendo uno se lo pregunta a el dice: - mmmmm, ¿yo? mmmm bien.
Hablamos de mil cosas, pero sobre todo de su gran pasión, la música. Las grandes bandas de cuando yo tenía su edad siguen de gira, así que es mucho lo que tenemos en común. Pero no tengo de su musica preferida en mi teléfono, así que escuchamos blues, le mostré Jack Johnson y mucho más, hasta las 4 de la mañana escuchando música y charlando de pequeñeces sin demasiada importancia. Pero como es lógico, si en casa hay mucha música, hay pocas fotos.

El menú: Milanesas a la napolitana con papas fritas. Pepsi, Coca-Cola y Fernet con música para todos los gustos.
Jamás habíamos tenido tanto tiempo juntos y solos para hablar, así que tuve la oportunidad de escuchar las cosas de su vida, su colegio, las cosas que hacen hoy los chicos de su edad. Siempre contado con vehemencia apasionada, gesticulando a lo Pascual. Indignado por las cosas que veía de los chicos de su edad, sus vidas, las drogas, el desapego, la falta de compromiso, hasta el mal gusto criticó.
El es determinante en sus opiniones y gustos, no admite grises, le gusta o lo odia. Bostero fanático e irracional como todo bostero, no se puede ser un poco de Boca y como todos ellos, disfruta más una derrota de River que un triunfo xeneize, no hay explicación, no hay excusas, es así. Por suerte Boca perdió en estos días y no quiso hablar de fútbol aunque ya no me tenga de gallina desde que me pasé a Defensores de Belgrano. Aún así, aunque ya no pueda darle el gusto del gaste y sus carcajadas de bostero, se que Gonzalo siempre va a seguir demostrando lo que siente aunque sea con una trompada de cariño.

21. Tomás Gabriel Zúñiga Pascual

No se si Tomás es con todos igual que como es conmigo, pero me parece que sí. Cada vez que me ve me saluda de tal forma que uno siente su cariño como especial. Sus “Hoooooola tíííííííííoooo”, sus sonrisas, besos, abrazos y palmaditas en la espalda, te dan la seguridad de que te quiere. Mi sobrinito es encantador y espontáneo así que supongo que es con todos igual, pero nadie me quitará la ilusión de que conmigo es especial.

Recientemente aprendí algo de él: si uno desea algo que no tiene, puede pedirlo sin mayores protocolos. Si él quiere que le enseñe a dibujar lo haré encantado, lo mismo si quiere participar de estas cenas o si se le antoja un helado. Recorrió el departamento entero y me dijo lo que yo siempre espero escuchar: No parece un departamento, es como una casita!

La espontaneidad es la más dificil de las poses
Con las instrucciones de su madre compré la carne: como para milanesas pero cortado un poquito más grueso. Los ingredientes que el me pidió escribiéndolo en Facebook y algunas cositas más que se me ocurrieron. Primero freímos panceta (de ahora en más “tocineta”), luego en la misma sartén hicimos los huevos fritos por ambos lados para que no reventaran en el sandwich. En una plancha el hacía los churrasquitos mientras yo cortaba tomate y ponía todo en la mesa, hasta llenarla de cositas para hacer nuestros “chivitos canadienses” que, como todo uruguayo sabe: no son de chivo ni existen en Canadá, como así tampoco el pan “catalán” que usan allá para hacerlos, existe en Cataluña.

A Tomás le gusta cocinar, así que no tuve que explicarle mucho: la tocineta debe quedar poco hecha para que al enfriarse no se endurezca, a los huevos fritos no se les pone sal cuando están en la sartén. La lechuga no se lava con detergente. Las fetas del jamón y el queso se ponen en tubitos para que sea más fácil tomarlos de a uno. Que no se usa el tenedor en la sartén de teflón y poco más.
Sólo nos faltaban papas fritas, así que se las pedimos a Ringo, el dueño del restaurante frente a casa. Cuando las trajeron, nos sentamos a comer y seguir charlando. Reanudamos nuestra conversación, sobre novias, colegios y deportes, sobre la música que a él le gusta (incompatible con mi iPhone), llegamos a un acuerdo con Louis Armstrong.

Menú: Chivitos canadienses (sandwich de churrasquito de ternera con lechuga, tomate, huevo frito, tocineta y aceitunas) con papas fritas, Coca Cola, Postales del fin del mundo Malbec, helado y Louis Armstrong de postre.

 Nació con ángel, de allí que su madre le pusiera Gabriel de segundo nombre, y ese ángel aparece en su sonrisa sincera, en la manera que con orgullo cuenta sus proezas deportivas, en su risa contagiosa, aunque compartamos el defecto de reirnos de cosas tontas, lo que su abuelo Agustín llamaría: Humor sicalíptico y escatológico.

Heredero de la locuacidad de su madre, Tomás es capaz de contarte una película entera, con lujo de detalles en lo que le dura el helado. Y enseñar todo lo que sabe espontáneamente; de qué color es la sangre de los cangrejos terrestres, qué parte de una serpiente se puede comer, como son los conciertos de la banda de rock más rara de la que he oído y decenas de cosas locas y curiosas.

Quiso helado de postre y salimos a pasear hablando, una suerte de visita guiada del barrio. Al volver, me preguntó si podía enseñarle a dibujar, así que tomamos un papel y óleos. Le expliqué que uno no tiene que dibujar al mundo como es sino que tiene la posibilidad de hacer lo que quiera en el papel. Le mostré que las nubes podían tener el nombre de alguien amado, le expliqué rudimentos de la ley de los tercios para componer y se puso a dibujar. Vimos que si uno quiere, la dirección de los trazos se transforman en pasto con viento, cielo tranquilo manzanas brillantes o nubes esponjosas. Pero sobre todo aprendimos a decir algo mucho más lindo, a pedir:
- Quiero verte tío. 
- Quiero estar con vos, sobrinito.