Hay amigos y amigos. Con todos se hacen cosas, se comparte momentos, juegos, deportes, viajes, trabajo. Pero sólo con unos pocos puede hacerse “nada”, pasar tardes sentados mirando hacia adelante, apenas una breve charla y nada más. Esa clase de amigos era Alejandro.
Llegó como todos, no sabiendo en dónde está el timbre, es que no lo hay. Así que entró riendo de esa extraña característica de mi casa. Trajo en su mochila el vino y algunos ingredientes que no tenía para su plato oriental. Se puso a revisar que todo estuviera listo y a mano, me explicó que esa es la manera de cocinar al wok, no puede separarse del fuego y cada ingrediente debe entrar en su momento, como una orquesta sinfónica. Mientras yo tostaba almendras el preparaba pechugas y así dejamos todo listo.
Hablamos de su pasión musical, géneros, estilos, su dúo. Hablamos mucho de Jazz y del amigo en común Chet Baker, no hay a quien no conozca. También se sorprendió de mi memoria detallista al recordarle el cartel del auto del padre topógrafo, los juegos con su hermano de tirarse darse dardos a los pies, la dirección de su primer profesor de guitarra y otros detalles de nuestro paso por el colegio. No le conté que recuerdo los personajes que habitaban sus carpetas: Los Tu3pit, tu6pit y los chufit, criaturas bidimensionales en guerra permanente. Yo tampoco recordaba tener buena memoria.
El Menú: Curry con fideos de arroz chantaboon con verduras y pato al wok. Marcus Cabernet. Tarte Tatin Maritza y Pat Metheny de fondo.
Para el postre le enseñé mi método mágico para hacer crema Chantillí sin tocar nada, se lo agregué a la Tarte Tatin que me enseñó Maritza y seguimos charlando. Con lo que quedaba del vino.