
Intentaré, a pesar de la dificultad, escribir sobre ella objetivamente, esas cosas en las que estamos de acuerdo todos los que la conocemos y queremos sin que se pase de cuchi o extenso; porque aquí se contará la historia, no de una cena sino de “la” cena que esperaba tener desde que vine a vivir a esta casita.
Ayer, cuando volvimos de almorzar con Caro, Coca, Cristian, Bruno, Ed, Nico y Flor, pasamos a buscar esta PowerBook en la que escribo. Otra excelente oportunidad, Alé conoció a Fran y July y volvimos a casa. - ¿Qué cocinamos? - Nada. Vamos a un restaurante. Así lo hicimos. Frutos del mar para dos.
Alé, estamos todos de acuerdo, es una dulzura. Pude comprobar en Venezuela, Ecuador y Argentina que siempre es igual, las personas le sonríen. No se cómo es que ocurre, se ríen de mi y le sonríen a ella. Tiene el don de iluminar todo lo que toca, todo lugar donde está. Tiene los mismos ingredientes que las tres Yánez Valarino: Inteligencia, belleza y alegría, pero en su particularísima versión. En ella todo es sutileza, desde su voz hasta su trabajo, sus ideas, su andar.
Menú: Picada del mar (langostinos a la plancha, mejillones, rabas, brótola, croquetas de pescado, cornalitos, pulpo... etc.) Los Alamos Sauvignon Blanc 2007.
Esta “cena de los martes” sería diferente, distinta. Lo soñamos hace dos meses y sabíamos que nada sería igual: elegimos un restaurante dedicado a cocina de mar. Bebimos un vino blanco, cosa que jamás hacemos solos, y hablamos. Hablamos, hablamos. Hablamos de lo que nunca, de lo generamos al poder contarles a todos, de toda la gente que nos quiere y apoya. Hasta de lo mal que puede caerle a algunos vernos felices, juntos, casi sin planes y aún así seguir felices, a pesar de la distancia, a pesar de todo, juntos. Que pasan los meses y no se nos nota. En la alegría nuestra y de los que nos quieren y comparten nuestra felicidad, nuestras familias, nuestros hijos, amigos en común, mucho, mucho más de lo que puedo escribir.