25. Atu.

¿Con quién, si no es con ella, podría hablar por horas sobre mi románico gusto arquitectónico? No le contaría ella a sus padres lo que podría contarle a su tiísimo, ni yo hablar como con mi sobrinísima Andrea lo que a la mayoría no le contaría. Es que nos conocimos y supimos que jamás nos entenderíamos pero aceptamos siempre asombrarnos mutuamente.

Tenía un año, ofrecí dibujarle lo que quisiera, “mahman” me dijo. - qué? le pregunte a Ceci. - Batman tío, ¡Batman!. - ah, claro, ya va. Dibujé un Batman gordo y se enojó. Esa pequeñaja rubiecita tenía la mirada de hoy, difícil de sostener, porque no ve, mira, y ni mira, observa. Cuando Atu te mira, no eres visto sino escaneado.

Que le guste el gótico en contexto histórico no es para mi una sorpresa. Que para ella los edificios que juzgo incomprensibles le parezcan góticos si. Por la luz, la abundancia de luz. Qué el ignorante común juzgue lo gótico como oscuro no es novedad, que mi sobrina comparta la opinión de que todos se equivocan sí. La luz del vitral, la magia de las estructuras desnudas, los pesos y las no paredes. Es la segunda vez que hablamos de arquitectura, la segunda vez que puedo blasfemar contra Le Corbusier a gusto, perdonar a Bonnet, y despotricar contra Testa.

Aunque compartíamos la discresión desde siempre, me he puesto más viejo y me permito hablar de mi amor, ella no. No confiesa novio alguno, ni paquistaní siquiera. Hoy el rumbo de sus oportunidades y decisiones la han llevado a Alemania, a la cuna de la Bauhaus, beber de la fuente de grandes maestros, compartir un día a día políglota, con un inglés medio de taxista neoyorquino, aprendiendo polaco, alemán, checo y todo lo que allí puede aprender como la esponja que siempre ha sido. Esa curiosidad y sed es la que siempre nos ha unido.

No es original el que no imita a nadie, sino el que nadie puede imitar.
Profundamente Elordi en la contemplación, en disfrutar el momento con una sonrisa, discreta, en un rincón, disfruta más que el que toca o el que baila. Andrea, bautizada Atu por Micaela, por no saber decir Andru, es mi sobrina de ojos juiciosos, sonrisa indeleble y pensamientos impredecibles.

Comenzamos intentando hacer lo posible con las papas. Un poco desarmadas pero domesticables. Ella las acondicionó de tal manera que parecían papas. Yo inventé una versión de salsa de mayonesa, aceite de oliva y el toque de mostaza que Alé me dijo. Hecho esto y cortados los pepinos, llegó Rodri a saludar. Ahora, a la hora que se duermen los trenes, me di cuenta de lo grandes que están los dos. Maduros y llenos de futuro ambos, una estudiando arquitectura en Alemania, el otro recién inscripto en la universidad para lidiar con la química.

Menú: Salchichas alemanas a la plancha con ensalada alemana de papas, Warstainer y jazz variado.

Ella terminó todo, huevos duros picados incluidos, copas alemanas de cerveza obligados, pepinitos cortados, no más sal que la justa, nada de pimienta, jazz de fondo en honor a su padre, casi todo listo.

Tocaba el turno de las “salchichensen” a la plancha. Ningún misterio más que darlas vuelta y a comer. ¡Qué delicia! No, no, el menú no, las cosas que me contaba mi sobrina. Sobre la Bauhaus, ciudades como Siena, amigos italianos egipcios, polacos checos, rusos, chinos, indios... qué maravilla.

¿Cuánto hay que esperar para que tu sobrinita se transforme en una mujer tan bella por fuera como por dentro? Nada. Pasa. Me pasó anoche. Le pregunté algo a Atu y me respondió una mujer decidida, con planes de trabajo, de universidad, no de estudiante sino de arquitecta. Tiene una visión de las cosas. No estaré de acuerdo sólo para seguir discutiendo la próxima vez, porque nos encanta. ¿Con quién si no es con ella? Discutir sobre Klimt, los defectos visuales de Gauguin, o Monet. ¿Con quién declararme judío gastronómico? Con Atu. Mi sobrinísima adorada.


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